Regreso a correr

Hay un tipo de silencio que solo entiende quien ha corrido toda su vida y de pronto deja de hacerlo. Después de cuatro meses de rehabilitación, hoy puedo decir que estoy totalmente recuperado. Pero llegar hasta aquí me costó mucho más que ejercicios de movilidad: me costó enfrentar quién era yo sin el correr.

 

Los primeros meses fueron una tortura mental. La sola idea de dejar de correr, aunque fuera temporalmente, me parecía inconcebible. Sencillamente no podía imaginar mi vida sin esa parte de mí. Fueron semanas de reflexión profunda, de un esfuerzo silencioso por resignarme a un estilo de vida que no había elegido. En 35 años, lo máximo que había dejado de correr eran dos semanas. Jamás olvidaré ese sentimiento de frustración al sentir que algo tan simple como dar un paso me costaba, y dolía.

 

Mientras tanto, los recuerdos llegaban sin permiso: mis años gloriosos corriendo al menos 160 kilómetros semanales de entrenamiento, los ultramaratones de 100 millas, la resistencia que alguna vez sentí infinita. Esas memorias me llenaban de nostalgia y, también, de una tristeza difícil de nombrar. La idea de estar envejeciendo, simplemente, no la podía conceptualizar.

 

 

Hubo días en que la depresión fue profunda. Y, como suele suceder, busqué ahogar la pena de la forma menos inteligente posible: empecé con una cerveza diaria, luego dos, y algunos días llegué hasta dos caguamas de un litro. El insomnio no tardó en aparecer.

 

 

Después de un mes así, decidí contactar a un amigo, médico deportivo, que vive en Delhi, esperando —quizás con poca fe— que su diagnóstico fuera distinto al de los demás doctores. Afortunadamente lo fue: la lesión no era tan grave como para requerir cirugía. Me recetó una serie de ejercicios de movilidad para realizar tres veces al día. Al principio apenas podía completarlos, pero soy testarudo, y me aferré a hacerlos con disciplina casi religiosa. Al mismo tiempo, tomé una decisión paralela: dejar por completo la rutina de la cerveza.

 

 

Poco a poco, los dolores en la espalda, la cadera y la pierna comenzaron a ceder. Sin embargo, el adormecimiento de la pierna después de caminar persistía, y había momentos en que sentía que mi evolución era desesperantemente lenta.

 

Cada mañana, durante mi meditación de las 4:30 a.m., dirigía mi mente hacia esas zonas de dolor —espalda, cadera, piernas— tratando de liberar mentalmente los nervios comprimidos, de descontracturar, relajar y regenerar tejido. Imaginaba reducirme al tamaño de una célula y viajar a través de mi propio cuerpo, sintiendo cada palpitación de mi corazón, percibiendo cómo la sangre se cargaba de oxígeno antes de entregarlo a cada célula, en especial a las de las zonas que más me dolían.

 

Llevo más de cinco años dedicando, en promedio, 40 minutos diarios a esta práctica. A veces el tiempo se disuelve y termino meditando más de una hora, aunque la sensación interna es siempre de haber meditado menos. Antes de sentarme a meditar, tengo un ritual que no negocio: un baño de agua fría que, con los años, disfruto cada vez más y que me llena de energía. Durante esas semanas de depresión, sin embargo, meditar se volvió complicado: buscaba, sesión tras sesión, la motivación para dejar esa cerveza que sabía que estaba saboteando mi recuperación.

 

No recuerdo el día exacto, pero creo que fue apenas una semana después de dejar de castigar a mi hígado cuando los dolores desaparecieron por completo y volví a dormir de corrido. Hay otro factor que contribuyó, silenciosamente pero de forma decisiva, a mi recuperación: el agua. Empecé a hidratarme mucho más que antes, y entendí por qué era tan importante: los discos intervertebrales, esas piezas que amortiguan cada vértebra, están hechos en gran parte de agua, y sin ella no hay movilidad posible entre una vértebra y otra. Ahí, de nuevo, dejar el alcohol jugó un papel clave: pocas cosas deshidratan tanto como esa cerveza que alguna vez creí que me ayudaba a sobrellevar la pena. Un poco inseguro todavía, volví a correr. Y, para mi alivio, esa molestia en la parte superior del glúteo había desaparecido.

 

Hice otros cambios. Volví a correr con mis tenis Newton, de poco acojinamiento, dejando atrás esos modelos «súper acojinados» que, sin darme cuenta, estaban debilitando mis pies y mi propia capacidad natural de amortiguación. Retomé también mi rutina de abdominales, abandonada desde hacía casi un año. Y, finalmente, regresé a las pesas, algo que había dejado por flojera y falta de tiempo durante mucho tiempo.

 

Digo «regresé» porque entre 1990 y 1994 mi vida de deportista giraba en torno a las pesas: soñaba con bíceps de más de 14 pulgadas, con verme como Arnold Schwarzenegger. No lo logré, ni remotamente, pero sí llegué a pesar 80 kilos, y sinceramente, a verme muy marcado. Ahora, a mis 62 años, las pesas me están ayudando de una forma distinta: subí de 64 a 67 kilos y dejé atrás ese aspecto «flacucho» que algunos amigos me señalaban con cariño.

Vale la pena recordar que, con la edad, todos comenzamos a perder masa muscular —la llamada sarcopenia— y que entrenar con pesas es fundamental para estimular su crecimiento.

También volví a los licuados de proteína (35 gramos) y creatina monohidratada (5 gramos), aunque ahora de Birdman, lejos ya del Joe Weider Muscle Builder de los años noventa. Me están cayendo de maravilla.

Es impresionante cómo todos estos cambios, pequeños en apariencia, se entrelazaron para devolverme algo mucho más grande: la posibilidad de correr de nuevo, y de recuperar, con ello, mi vida.

4 comentarios en “Regreso a correr”

  1. Patricia Arizmendi

    Que gran historia, ojalá yo pudiera emularte, duermo mal y entreno poco pero trato de moverme a pesar de todo, mi osteoporosis y osteoartritis me han afectado mucho. Nunca he sabido meditar.
    Felicidades por haberlo
    Logrado

    1. Hola Paty, siento lo de tu osteoporosis y osteoartritis, La meditación solo requiere de practica y paciencia. Primero con poner tu atención en tu respiración y tratar de escuchar los latidos de tu corazón te van a ir ayudando. Seguramente vas a tener ideas que se te cruzan, no pasa nada, lo importante es que te des cuenta de ellos. Pero focaliza tu atención en tu respiración.

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